julio 10, 2017

Triunfos caídos: elecciones 2017


*Fotografía cortesía de Miguel Ángel

El famoso escritor estadounidense de finales del siglo XIX, Ambrose Bierce, decía que el elector gozaba del sagrado privilegio de votar por un candidato que ya habían elegido otros. En México, me atrevo a decir que ni siquiera ese candidato preseleccionado de Bierce es el elegido de la gente. Porque su destino muchas veces se decide lejos de las urnas, en circunstancias jurídicas derivadas de la praxis de la campaña electoral y algunas presuntas faltas a la ley electoral. Es el caso de dos de los tres estados que tuvieron elecciones a Gobernador en 2017, Coahuila y Nayarit, cuyos comicios están muy a punto de repetirse.

Paradójicamente, hace un mes, exactamente el 11 de junio, Miguel Riquelme, ex Presidente Municipal de Torreón quien fuera candidato del PRI a la gubernatura del estado de Coahuila, recibió su constancia de mayoría de votos por parte del Instituto Electoral de Coahuila (IEC). Y el 29 de junio, el candidato de la coalición Juntos Por Ti (PAN-PRD), que ganó por una notoria diferencia de casi 12 puntos de acuerdo con el PREP del órgano electoral, Antonio Echevarría, recibió una misma constancia como Gobernador electo de Nayarit. En el Estado de México, Alfredo del Mazo, ganador del PRI-PVEM-PANAL estaría recibiendo su constancia hasta principios de agosto.

Me llama mucho la atención la opinión popular sobre las instituciones electorales en este año. Vivimos una atmósfera política en que la autoridad electoral es tan honesta como lo perciban los opositores (y perdedores) al partido local más fuerte. En 2015 y 2016 hubo un marco de mucho mayor armonía y concordancia —salvo en caso específicos como el estado de Colima y la ciudad de Zacatecas— entre los resultados y la aceptación de la legitimidad del Instituto Nacional Electoral (INE) en la operación de las elecciones intermedias (2015) y las consecuentes del año pasado en que cambiaron de administración un tercio de los estados y municipios del país.

Parece ser el caso contrario en 2017. El opositor por antonomasia, Andrés Manuel López Obrador, estaría pidiendo destituciones específicas, e incluso desconocimiento de la autoridad electoral. Esto a partir de los resultados en Edomex. De igual manera, el PAN está presionando a fondo al órgano electoral local en Coahuila. No estoy confirmando ni negando si hubo guerra sucia electorera, compra o coerción de votos. Pero, ¿por qué en 2017 es tan sonora la voz de la inconformidad con los resultados electorales? ¿Qué nos hizo aceptar y confiar que no hubo las mismas mañanas en 2015 o en 2016?

No es difícil aseverar, mediante un argumento generalizado, que tiene mucho que ver el notorio hartazgo con los gobiernos del PRI. El mismo hartazgo que, por otro lado, lleva a señalar y violentar en contra de muchas personas que ejercieron su voto por dicho partido. La vox populi abriendo la boca para articular algo como «la gente sigue siendo estúpida si sigue votando por el PRI». Una frase a mi juicio inadmisible por la violación al derecho de quienes votan por voluntad y porque es una represión terrible violentar una libertad así.

Personalmente, considero que cuando mencionamos un hartazgo del PRI, incluso en los sondeos medidos que prueban fehacientemente esto, hablamos de la palabra de una sociedad civil que radica sobretodo en las ciudades y los primeros cuatro decíles socioeconómicos. La que carga la voz política letrada: la que no cesa de esgrimir esta línea como esqueleto de todos los males políticos.

¿Estoy en contra de este argumento? No, porque en parte hay muchas pruebas de los errores del PRI. Pero no podemos obviar que uno de los defectos de la democracia es que el vaivén del capital político de distintos actores se puede robustecer con facilidad en el sentimiento perenne de inconformidad, que encabezan siempre las palabras «necesitamos un cambio». El bienestar político y social que determinadas veces se logra nunca será un resultado permanente, sino un estadio corto, espeluznantemente efímero. La inconformidad es un monstruo incesante que mengua incluso las situaciones en que algo bueno está logrando, porque en política siempre hay más que hacer: otro problema social por resolver. El cambio: siempre el cambio como razón de voluntad para fortalecer un sentimiento antisistema.

El Estado de México fungió como una suerte de máximo simulador nacional de lo que sucede cuando el PRI  tiene una grandiosa estructura para ganar elecciones, pero un odio latente en contra cuya voz es muy poderosa. Por eso es que algunos, a veces sin llevar a cabo un análisis real de los patrones, siguen creyendo que el 2018 se desarrollara como vimos acaecer la elección del Estado de México. No me malinterpreten, las aportaciones de la sociedad civil son lo más valioso con que contamos en este país para ejercicio de la democracia. Pero su opinión, su fuerte eco en los medios, los congresos, las instituciones y los espacios en las ciudades grandes, tristemente no reflejan la opinión del país entero.

Además de la voz de la gente, es importante mencionar que las elecciones de 2017 consideran a otro actor. El conocido de siempre, el que transforma con mucha eficacia resultados y configura equipos. El pacto político, la negociación de los poderes y el mejor matrimonio que puedan convenir una o más distintas ambiciones.

Quizá esto explica mejor el caso Nayarit y Coahuila, que tienen Gobernadores electos oficiales pero donde recientemente se ha mencionado sobre la posibilidad de repetir las elecciones. En todos los casos, porque los candidatos excedieron los presupuestos marcados por la ley. En el afán de entender algo de por qué tanta contrariedad por decidir los ganadores en esta elección, toquemos algunos escenarios y quién de los aspirantes (suspirantes) presidenciales para 2018 se vería mayormente beneficiado.

Primero el PRI, que con ganar Edomex se daba por satisfecho, pero cuyo cacique coahuilense, Rubén Moreira, operó a ganar esa elección. Al partido nacional, claramente, le conviene sostener ese estado. Enrique Ochoa Reza, presidente del partido, hizo bien su tarea. Y con Edomex de nuevo como tierra priista, es un hecho que el PRI no está del todo fuera de la posibilidad de repetir sexenio…

Luego viene el tema del PAN, un embrollo que tiene que ser visto con mayor detenimiento. Abiertamente, el ex Gobernador y aspirante a la candidatura presidencial panista, Rafael Moreno Valle, apoyaba al Diputado súperpoderoso del Edomex, Ulises Ramírez. No obstante, el segundo llegó a un acuerdo para respaldar a Josefina y sus números en las encuestas, pero es un hecho que el peso del ex Gobernador no paso desapercibido en ese estado. Al segundo que impulsó, con un rotundísimo éxito, fue a Antonio Echevarría, que por ahora sostiene su mayoría de votos en Nayarit. Sería interesante consentir un poco la idea de si a Moreno Valle, aunque le cumplió a su partido, le vendría bien la caída abierta de su (ex)gallo en Nayarit y sobretodo la caída de la elección coahuilense.

¿Por qué? El ex Gobernador apuesta que a Margarita Zavala le suceda lo que a Santiago Creel en 2006: traía las encuestas; no traía la estructura al interior del partido. Y quién la trae es Ricardo Anaya, Presidente del PAN y presunto aspirante a ocupar Los Pinos. Su tiempo como presidente de su partido, y ergo el control de muchas estructuras panistas, se vendría abajo si no solamente tuviera que lidiar con la desastrosa campaña de Josefina Vázquez Mota, sino con dos elecciones más que ya no tiene seguras o en la lucha. El joven maravilla, que en 2016 entregó increíbles resultados como operador electoral del PAN, podría caer, esto de venirse abajo Nayarit, y de paso su hombre fuerte en Coahuila y hasta ahora segundo lugar de la contienda, acusado de rebasar los topes económicos de la campaña, Guillermo Anaya.

Más allá de las pugnas internas, hay la relación del PRI y el PAN, rumores sobre quién mantiene Coahuila a cambio de retirar cierto apoyo a las denuncias de MORENA en el Edomex… Este panorama está por resolverse, y acaso tras bambalinas. Lo que está claro es que el año 2018 demuestra ser tan intenso, tan inverosímil, que dura dos años.