mayo 31, 2017

Sobre espacios públicos y pasiones privadas


Pocos lugares son tan propicios para examinar el estado de la convivencia democrática de una comunidad urbana como el espacio público. El espacio público, entendido como todo lugar físico de acceso abierto, utilizado para transitar, permanecer y convivir, conformado mayormente por calles, parques y plazas, es el escenario social en el que transcurren los encuentros, o desencuentros, entre quienes habitamos las ciudades.

A diferencia de otros sitios de congregación y convivencia, como plazas comerciales, museos, deportivos, etcétera, en que la convivencia está normada por instituciones públicas o privadas, ya sea mediante reglamentaciones explícitas o por normas de comportamiento tácitas, en los espacios públicos se realiza el ejercicio de derechos y libertades, y también se hace patente la comprensión de los límites de esos derechos y libertades.

En los espacios públicos, decíamos, se actualiza la convivencia democrática, no solamente entre iguales, sino de relación entre la autoridad pública y los usuarios. La concepción que del espacio público tiene quien lo administra difiere en no pocas ocasiones de la concepción que tiene el usuario consuetudinario.

Pongamos por ejemplo las recientes políticas públicas que en la Ciudad de México han dado paso a la diversificación de formas de movilidad, incentivando las no motorizadas: Pasos peatonales a nivel, creación de carriles confinados para transporte público o de uso compartido bus-bici, reducción de áreas de rodamiento para ampliar cruces peatonales o para instalar áreas de descanso.

Dichas medidas amplían la posibilidad de movilidad y disfrute de la Ciudad para peatones y ciclistas; muchos automovilistas las perciben como presión sobre el ya congestionado tránsito vehicular.

La diversificación de formas de movilidad ha llevado a la coexistencia, en una misma vía de circulación, de automóviles, motocicletas, bicicletas, transporte público y peatones. Tal diversidad pone en juego nuestra capacidad de concebir al otro, de ejercer nuestro derecho al libre tránsito considerando el derecho de los demás. O no.

La instalación de parquímetros como medidas de ordenamiento del espacio público es otro caso. Durante años, concebimos el arroyo vehicular frente a “nuestra” banqueta como “nuestro” lugar de estacionamiento. Iniciativas como #Parqueando tienen como objetivo visibilizar las posibilidades de las calles como espacio público de convivencia y recreación cuando no está al servicio de un coche estacionado.

Otro punto de observación son los parques y plazas públicos, donde convergen múltiples actividades: de tránsito, estancia, convivencia, recreación. Pero también de comercio, de disposición de residuos, expresión artística. En muchos casos, se ha optado por gestionar tal complejidad confinando espacios para actividades específicas, lo que delata cierta precariedad en las capacidades para convivir con respeto por los otros usuarios.[1]

Mención especial merece la creciente tenencia de animales de compañía y sus efectos para la convivencia en espacios públicos, no solamente en lo relativo a la disposición de las heces caninas, sino a la presencia creciente de perros en los parques y plazas, que muchas veces son percibidos como riesgo posible, pero que también significan un nodo de encuentro por afinidad de intereses.

Un fenómeno específico se da en las zonas urbanas con vivienda precaria, donde el espacio público se convierte en una extensión de facto de la vivienda familiar, en “el patio de la casa”, y todo intento de reordenamiento o cambio de uso se enfrenta a una oposición originada en una sensación de merma en la calidad de vida y de despojo, particularmente cuando el uso extensivo del espacio incluye su cuidado y limpieza.

La ciudad sucede en los espacios públicos; la calidad de vida de una ciudad pasa en buena medida por la calidad de la convivencia en los espacios públicos. En ello influyen, sin duda, las condiciones físicas de dichos espacios y cómo dichas condiciones promueven y fomentan el tránsito, la estancia, la recreación y la convivencia confortables y seguros.

Pero un espacio público vacío, aún confortable y seguro, es un espacio inerte, yermo, que constituye ciudad solamente en términos de paisaje. El mejor espacio público es el que se usa; es el lugar por excelencia para encontrarse con los otros, para reconocerse en las afinidades y para aprender a gestionar las diferencias.

La construcción y diseño de espacios públicos debería estar acompañada por estrategias de uso y ocupación, a manera de escuelas de convivencia. En megalópolis como la ciudad de México, los espacios públicos son la oportunidad para recuperar la escala humana de la existencia.

Texto elaborado por María Luisa Rubio González,
Vive BJ – CIMTRA CDMX. Contacto:
marialuisarg@gmail.com
@ViveBJ.


[1] En el Foro Lindbergh del Parque México se llevó a cabo un ejercicio participativo cuyo objetivo fue la ocupación del espacio público con diversas actividades facilitadas por los propios vecinos y usuarios del espacio, como ejemplo demostrativo de las posibilidades y la riqueza que resulta de la convivencia entre grupos de distintas edades e intereses. El ejercicio estuvo coordinado por la asociación civil Lugares Públicos.