agosto 7, 2017

El llanto de Comala [parte 1]


narco1
*Fotografía cortesía de Cam Ventoza

Es difícil imaginar un cañón cortarse frente a ti, el instante tan corto en que una bala que se dirige a ti, ese momento tan efímero como tangible, donde uno topa su propio acabóse, la transformación de la realidad en una historia con un desenlace de plomo. La sangre en tu cuerpo, el patíbulo de espasmos y un dolor profundo en la carne y en los nervios. Así es la nueva realidad de Tecomán, que otrora fuera un paraíso de neutralidad ante los problemas entre los cárteles del norte. Pero todo esto cambió hace diez años y medio.

El pasado 4 de agosto, el editor de temas sobre México, Centro América y El Caribe, Azam Ahmed, publicó en The New York Times una nota donde recogió la tasa de homicidios del estudio sobre incidencia delictiva de delitos de alto impacto, del Observatorio Nacional Ciudadano. Como asunto central, Ahmed hacía un señalamiento al municipio de Tecomán, en el estado de Colima. Que para el año pasado, se convirtió en la localidad con más homicidios en el país.

En mayo del año pasado que se nos equiparaba con Siria de acuerdo a los resultados del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres que nos señalaban como el segundo país más violento del orbe hicimos bien en evidenciar el error metodológico que derivó en semejante comparación. Esta vez, es duro admitir que según el ONC, el número de homicidios dolosos en Tecomán son equiparables a los de cualquier zona de guerra.

Además, Ahmed esboza un panorama escalofriante. La normalización de la violencia. Donde la policía de Tecomán ya no se impresiona porque en el municipio de tan poca población se tengan que atender dos asesinatos en una misma noche. Casi todos, sucedidos bajo la misma estela de violencia por parte del crimen organizado.

Volvamos el tiempo para partir de un necesario resumen de la historia reciente: Tras la toma de protesta del ahora ex Presidente Felipe Calderón, en diciembre de 2006, el mandatario se comprometió a iniciar una guerra contra el crimen organizado que asolaba a nuestra patria. Algunos dicen que eran cinco (otros siete) cárteles los que operaban y traficaban drogas, armas, y cantidad de mercancía ilegal (o legal pero no contabilizada) hace diez años. La estrategia del entonces Presidente fue desplegar las fuerzas militares y de inteligencia para cazar a los narcotraficantes, tirándolos de uno a uno en una lógica bélica cuyo final de mediciones de la fuerza bruta aún no conoceremos en 2017.

Muchos acusan la negligencia del gobierno calderonista por atacar el mal necesario pero sin consentir la teoría de las cabezas de la hidra: si uno corta una aparecen otras. Otra de las denuncias, una muy interesante por cierto, fue la del periodista y académico Gerardo Esquivel, quien fuera sancionado (acaso censurado) del Instituto Belisario Domínguez del Senado de la República. Existe la versión de que Gerardo fue desentrañando una serie de cifras que apuntaban a que en el 2006, la violencia vivía uno de sus mayores ocasos. La tranquilidad era visible. Entonces se dio inicio una guerra contra el narcotráfico en virtud de qué… Nada, Gerardo Esquivel, a pesar de su denuncia pública, tuvo que dejar el trabajo. Los conspiracionistas (y otros menos escépticos) creen que existe otra versión a la guerra calderonista. No existe más datos, ninguna otra certeza, seguir esa línea sería especular.

Lo que si podemos afirmar, es el resultado vívido de la beligerancia en torno al narcotráfico hoy. Popularmente, se dice que de 20 años para atrás, el narcotraficante común era un ser profundamente creyente de algo (quizás en su propia suerte), con cierta clase de principios que se ajustaban a una moral y un conjunto de reglas no escritas. Las familias de los cabecillas rivales estaban prohibidas, los limítrofes de sus territorios eran infranqueables. Los mandatarios los dejaban en paz porque pavimentaban las calles y daban trabajo a la gente. Un lugar con la presencia de un narcotraficante era un símbolo de paz, sino de tranquilidad, porque si uno no se metía con ellos, ellos no generaban conflicto.

Todo cambió, de pronto hubo una oleada de impactos contra el crimen, pero que no cayó sobre los bolsillos de los grupos del crimen, ni de sus otros recursos, como funcionó en Colombia, en Chile (cuando llegó Pinochet al poder y los expulsó). Los Zetas, que solía ser un grupo meramente de sicarios que se contactaba con discreción para hacer labores mercenarias; ahora son un grupo de poder.

Pero, ¿por qué a Colima? ¿Por que el otrora estado de la serenidad es ahora el que más homicidios tiene del país? La historia del traslado de la lucha entre el Cártel de Sinaloa, y el ahora más poderoso de todos, el Cártel Jalisco Nueva Generación, será narrado en este mismo espacio la semana entrante. La saña de los cabecillas del narcotráfico que dejaron atrás los pocos principios —cuestionables pero existentes— que el narco de antaño tuvo. Y el hombre, que desde los corridos que le cantan tararea sus amenazas: «si me buscan, háganlo discretamente…». El eco del capo más poderoso y buscado de México, Nemesio Oseguera «El Mencho», que riega de sangre nuestro país…