junio 19, 2017

Crecer en la Roma Sur


Fotografía: Código Roma

Recientemente volví  caminar por la Roma Sur, donde crecí un pedazo de mi infancia. Entre sus calles grises (cada vez más grises), sus tiendas y casas, todas las mismas de siempre, que envejecen con el tiempo. Alejadas del bullicioso desarrollo que sufren las colonias contiguas, especialmente las Hipódromo Condesa, y la Condesa, dos colonias sin bordes aparentes además del que conforma la calle de Campeche.

Si uno se fija un poco, notará las diferencias: de un lado hay parquímetros, desarrollo inmobiliario reciente; del otro lado hay vecinos activos, que ofuscan cualquier intento de cambiar su modo de vida. No que esto sea malo, son formidablemente sólidos en no entregar su confort al dinero de los grandes desarrolladores. Hay mantas por doquier en apoyo unos a otros, denunciando en altavoz las irregularidades… En eso se diferencian las dos colonias de la zona Condesa.

Y está su hermana, la Roma Norte, sufriendo dos penas simultáneas: la de crecer para satisfacer a su cada vez más acaudalada población flotante, y la del incremento del narcomenudeo que permea en la zona, desde la calle de Sonora en el Parque España, hasta Tonalá que linda con Álvaro Obregón, que tiene un toque de la vía de Jorge Juan en Madrid.

En sus formidables colaboraciones diarias para El Universal, Héctor de Mauleón ha reportado la actividad delicitiva que opera en estas dos zonas. Invisible a los turistas, que se divierten en las peculiares parrandas que ofrece la zona: éstos son el objetivo de la venta de narcóticos. Pero se van, y no sufren la violencia del día. Los cobros de piso a restauranteros, los saqueos a la luz del día.

Y hay la Roma Sur, más allá de todo ese cadarzo. Como atrapada en el tiempo; olvidada en el perenne humo que viene desde el Viaducto, antes un río que mi abuelo de 85 años, como el mismísimo José Emilio Pacheco, narran alguna vez haber cruzado en bicicleta hacia las praderas Del Valle.

Esa Roma Sur es la de siempre. Con su iglesia sobre la calle de Quintana Roo, donde me topo a los feligreses que en mi infancia también iban, menos cansados que ahora, o acaso más creyentes.

Mi abuela paterna tomaba café en la cafetería del Hospital Dalinde con su hermana y a veces una que otra amiga. Si viviera todavía, lo seguiría haciendo. Mi otra abuela, aún vive, atrapada en la Roma Sur. Arraigada a su hogar. En la casa que lleva habitando casi cuatro décadas.

Los hermanos de mi madre, y ella, y mi padre, y los hermanos de éste, todos crecieron en la Roma Sur. Como si hubiera sido su propio pueblo. Y ahora, ninguno de ellos vive ahí. Solamente mis abuelos. Algunos de ellos. Los que me quedan. Cohabitan la colonia que muere lentamente como ellos, como sus recuerdos y su noción del hogar. La habitan también sus vecinos, que desde temprano otean (chismean) quién es ese coche que está en la calle. «No había visto a ese tipo jamás, ¿con quién vendrá?»

Ese cuadrilátero amorfo, incomprensible, contenido entre las calles de Insurgentes, Medellín, Yucatán y el Viaducto, alguna vez fue mi hogar . Allí tengo mis primeros recuerdos. Caminando sobre Bajío a una paletería Michoacana que yo creía de niño que era la única. Hoy ya no existe. Y había un tianguis cada sábado en la esquina de Puerto México, la calle en que viví, y sobre la que murió (trágicamente) mi padre.

Si uno camina más abajo sobre Bajío, topará un lugar bonito para desayunar: el café Colón, donde mi abuelo bromeaba con el dueño —o quizá sigue yendo y aún bromean.

Las cuadras más allá de Baja California (el Eje 3 Sur) en dirección al centro tienen, por cierto, mucho más encanto que la parte olvidada donde yo pasé mis primeros 10 años. Allá, caminar sobre Manzanillo es algo mucho más imperdible. Un alto porcentaje de edificios, no tengo certeza, también siguen igual que los recuerdo. Igual que mi madre recuerda. Siguen siendo los mismos, pero más viejos. Si caminan al fondo de Manzanillo, no ignoren visitar la taquería de El Jarocho. Tiene su encanto.

Y unos metros más allá de la taquería, hay una plaza, igualmente local: yo aventuro a decir, olvidada. Remodelada cada pocos meses, visitada sobre todo por mi abuela y sus vecinos , los que aún tienen la fuerza para caminar. La Plaza Insurgentes es la corona que merece la Roma Sur, la reina olvidada que una vez me vio crecer.